“La primera objeción es que un planilandés, al ver una línea, ve algo que debe ser grueso y a la vez largo a la vista (pues no sería visible si no tuviese algún grosor); y en consecuencia debería (se alega) reconocer que sus compatriotas no son sólo largos y anchos sino también (aunque sin duda en un grado muy débil) gruesos o altos. Esta objeción es plausible, y, para los espaciolandeses, casi irrebatible, así que, lo confieso, cuando la oí por primera vez, no supe qué contestar. Pero la respuesta de mi pobre y buen amigo me parece que la contesta satisfactoriamente. -Admito -dijo él, cuando le mencioné esta objeción-, admito la veracidad de los datos de vuestra crítica, pero rechazo sus conclusiones.”

Edwin Abbott_Planilandia

 

BANE

Datos.

En los volúmenes anteriores hemos visto como la ciudad se veía afectada por una gestión que anteponía unas necesidades a otras. La percepción, tal y como destacó Abbott en esta cita de “Flatland”, es variable en función del observador y el desconcierto relativo al desafío que supone el cambio es directamente proporcional a la estrechez de miras del sujeto. La forma en que la ciudad crece desde hace décadas, está condicionada por los recursos, los habitantes y la percepción. No somos capaces de prever futuras pérdidas pero si estamos dotados de la inteligencia suficiente para aprender de experiencias anteriores y valorar, en base a esos juicios, los nuevos retos. Sabemos cómo funciona la ciudad y qué necesita. Otra cosa es que, tal y como hace el interlocutor de la cita, decidamos ignorarlo. Los datos hablan de que existe un patrón de crecimiento más o menos continuo, de unas cantidades de población que migran de unas zonas a otras de la ciudad y de unas densidades determinadas por las superficies en que se acumula dicha masa demográfica. La historia habla de recursos y estrategias destinadas a derivar el tráfico desde el casco histórico hacia un inicio de ensanche que apareció de repente ofreciendo un margen de maniobra (y de beneficio) como nunca antes se había visto en la ciudad. Las imágenes relatan cómo el crecimiento siguió unas pautas lineales y férreas sin detenerse creando en primera instancia una desviación urbana y en segunda una garganta de casi un kilómetro flanqueada por sendos desfiladeros de fachadas que, a pesar de ofrecer vistas al salón del vecino de enfrente, sería las más cotizadas de la ciudad.

“No importa quienes somos, ¡lo que importa es nuestro plan!”

Todos estos datos fueron ignorados. Cuando se tuvo la oportunidad de cambiar, se evitó. Cuando la opción se planteó, se obvió (incluso cuando el consejo fue solicitado). Contaba el suelo y el dinero que pudiese sacarse de él.

Cambio de variable.

No es esa nuestra labor. Lo que debe proponerse es un edificio capaz de cumplir con las funciones demandadas sin renunciar a ninguna. No es un juego de suma cero. No son excluyentes. La complejidad del programa es el reto adjunto al logro y sin superar el uno no se alcanzará el otro. El punto de vista es distinto. Es la imagen póstuma negativa de la propuesta anterior que constata que la suma de las partes siempre es mayor que el todo.

La necesidad es la incertidumbre y la respuesta es el vacío.