«El sector central es intensamente comercial, pero ya no se encuentran allí las mejores tiendas, y hay un gran número de ciudadanos que ya nunca van al centro en el transcurso de un año. Las actividades centrales están extendidas espacialmente y se desplazan, lo cual diluye su impacto. Las frecuentes obras de reconstrucción impiden la identificación que se elabora a través de un proceso histórico. Los elementos mismos, a pesar (y a veces a causa) de las frecuentes tentativas de vistosidad, resultan a menudo visualmente inocuos”

La imagen de la Ciudad

Kevin Lynch

 

C5

FIGHT OR FLIGHT

Icono y ciudad.

Lynch lo describe decepcionado. Las ciudades pueden crecer siendo planas y elementales. Pueden no ofrecer nada a sus habitantes más allá del cobijo y el soporte básico para la interacción estrictamente necesario. Así es como sucede en Estados Unidos. Los orígenes de colonización exportaron desde los países de origen soluciones para la implantación urbana que procedían del viejo mundo y que, al verse libres de restricciones en terreno abierto, se pervirtieron dando lugar a desmedidas extensiones que, por escala, se alejaban del habitante a pesar de haber sido concebidas para él. Las tramas ortogonales multiplicaron sus anchos de manzana y sus viarios ya que no quedaban constreñidas por cercos amurallados como los de las ciudades europeas. Las plazas, como la del Zócalo, se extienden como émulos sobredimensionados de las plazas castellanas, llegando hasta a permitir el uso de colores oscuros y fuertes en las estancias (enormes en concordancia con sus envolventes) pues el espacio visual que consumen no es tan preciado como aquí. Disponibilidad espacial ilimitada, clima favorable y medios. Las ciudades crecen como la trama que cruza la urdimbre formando un tapiz en el que, si bien el motivo cambia, no lo hace la estructura. Esto nos lleva a San Francisco, a los Outskirts norteamericanos que tan hartos estamos de ver en series y programas de televisión. A esos lugares tan idílicos como inermes en los que, bajo los ramilletes de las buganvillas, niños con gorra en bicicleta arrojan periódicos sobre el césped de un millón de vecinos sacados, todos ellos, de un mismo patrón. Esta escena puede crearse en un lugar en el que no existe nada. Zonning masivo en el que millares de personas acuden a trabajar a un mismo lugar, a entretenerse a otro y a dormir a otro. En manada. Aquellas premisas que Le Corbusier planteó se aplican y voila!: espacios perfectos para ser rellenados por trabajadores demasiado ocupados y preocupados para plantearse siquiera si existe una alternativa. Esto, por supuesto, únicamente puede permitírselo una nación con un plan de marketing a prueba de bombas.

Pero Europa es Europa. Es un continente viejo y ajado, con cicatrices de guerra y mucha historia. Cuna de las Teorías de la Restauración, lo cual, por sí sólo, ya es testimonio suficiente de cuan valioso será lo que se construyó antaño, que hasta nuestras ruinas merecen siglos de atención intelectual para alcanzar un criterio consensuado acerca de cómo intervenirlas.

Tenemos castillos, murallas, antemurallas y alcazabas, juderías, viejos zocos y tramas de múltiples civilizaciones que se interesaron por conquistar y colonizar nuestros territorios. En definitiva: preexistencias. Y al igual que el buen arquitecto, al encontrar un árbol en el centro de la parcela, no se plantea el eliminarlo como opción si no es inevitable y busca incorporarlo al proyecto, tampoco piensa en obviar las preexistencias. El árbol estaba ahí antes que tu, igual que la ciudad. Seguir una dinámica ajena y fácil reproduciendo patrones pasados sólo demuestra una falta de análisis propiciada por la pereza o por la codicia. Recorred la realidad de la ciudad. Veréis hasta qué punto es inmutable en algunos lugares y presta al cambio en otros. El riesgo existe, pero ante el reto no queda más remedio que la lucha o la huida (fight or flight, que bien queda todo en inglés…).

San Juan, San Pedro, Santa María… el núcleo duro. Las mejores vistas de la ciudad. No vivimos en América. Nuestros muros y fortalezas, nuestra topografía, nos obligan a soluciones complejas muy lejanas a las ciudades dormitorio y los Malls. Incluso estos últimos, según el reciente testimonio gráfico de un fotógrafo americano, se están muriendo últimamente, tras haber sido la solución a todas las necesidades del americano medio, desde un Starbucks a un dentista. Se mueren. Las ciudades con corazón no sufren esta suerte de gangrena. Laten, si se les permite, y son fuertes y si son capaces, llegado el momento, de aceptar un marcapasos o una prótesis. No hablamos de maquillaje sino de estímulos reales, de catalizadores urbanos y de piezas que causen el impacto suficiente como para desatar un proceso de cambio. De la arquitectura como vehículo y medio para llegar a lugares inalcanzados.