En el medio.

Las ciudades crecen. Lo queramos o no. Lo controlemos o no.

Creamos planes de ordenación en la firme creencia de que serán las directrices para el uso del espacio urbano y sin asumir que, en realidad, son advertencias contra el abuso ya consumado que ha encendido la alarma.

Las ciudades viven. Actuar de modo preciosista o confundiendo antiguo con viejo, y moderno (con minúscula) con contemporáneo es un error que la arquitectura no puede permitirse.

En las ciudades grandes se sabe y se actúa en coherencia con la evolución. Negar la mayor es imposible cuando eres escaparate de la vanguardia y referencia a cualquier nivel. Cargan, quienes actúan sobre ellas, con la responsabilidad del nuevo paradigma.

En esa evolución la ciudad se expande, dejando lugares fantásticos que se quedan en el medio de todo. Esos son los lugares en que ha de brillar la arquitectura. Conciliando tramas y mostrando hasta donde ha llegado la hermosa ordenación de la materia para el habitar del ser humano que es esta disciplina.

Huecos entre pedazos de historia entre los que apearse de forma respetuosa pero inmanente y fiel a la época en que uno ha nacido. Como un niño entre ancianos en una cena de navidad. Con la espalda recta, los codos fuera de la mesa y los ojos y los oídos muy abiertos, para aprender. Porque un día esa nueva arquitectura contará, a otra ciudad más joven, su historia y la de aquellos junto a los que se sentó tiempo atrás, gracias a que en un momento dado estuvo

en el medio.