DEL PROYECTO MANHATTAN A GOSSIP GIRL

O de cómo los inputs europeos sucumbieron al marketing hollywoodiense

La Segunda Guerra Mundial tuvo, más allá de las consecuencias devastadoras que todos conocemos, un impacto sobre la cultura televisiva más frívola cuyo radio de acción y margen de influencia temporal resultaba impredecible para la época. La inestabilidad política, social y económica llevó a muchos a abandonar Europa para protagonizar el sueño americano. De entre los que buscaban hueco en una ávida nación dispuesta a todo por alojar inmigrantes que hiciesen crecer dicho sueño, no tardaron en destacar un puñado de personajes – sí, personajes, en el sentido menos peyorativo de la palabra – que darían lugar a muchos más cambios de los que cabía plantearse.

Al margen de las archiconocidas hazañas de los físicos europeos que desarrollaron en parte los avances que llevarían a los Estados Unidos a determinados lugares de la historia, en los últimos años han aparecido las consecuencias de la labor de otros héroes que América fabricó a partir de aquellos emigrados europeos. La arquitectura encontró una vía a través de agentes como Mies, Los Eames y otros para crear iconos del diseño que quedarían vinculados al acerbo cultural americano de tal forma que acabarían por asumir un rol de representación fundamental respecto de los valores establecidos como los elevados estándares de calidad propiamente americanos que era preciso transmitir.

Más allá de esta apropiación, más o menos debida, existen connotaciones culturales relacionadas con la génesis de una nación-fachada que utiliza la imagen como ideal y como medio de comunicación. El país que inventó el marketing no podía dejar de usar una de las herramientas doctrinales más potentes que ha creado la humanidad: la televisión. Y si la prensa escrita fue en tiempos la forma más eficaz de transmitir idearios, la televisión serviría para transmitir todo aquello que se quisiese hacer llegar a los hogares de medio mundo. Al principio a través de noticiarios e informativos y, tras descubrir el potencial de lo subliminal frente a lo obvio y de la imagen frente a la oratoria, a través del cine y las series de ficción, siendo estas últimas una vía directa al hogar conforme el electrodoméstico por excelencia se iba multiplicando hogar por hogar hasta convertirse en un imprescindible. Tal y como Joey corrobora en un capítulo de Friends al preguntar: “¿no tienes tele?, ¿Y HACIA DONDE MIRAN TUS MUEBLES?”.

Así, hogar por hogar, cerebro por cerebro, un millón de imágenes se han ido introduciendo en nuestro imaginario colectivo de forma pautada y encubierta, tras el velo de ocio y efectos especiales que Hollywood (la agencia gubernamental más poderosa de Estados Unidos) tan bien ha sabido usar. Así hemos convertido Nueva York, Manhattan y Blahnik en objetos de deseo. Así hemos convertido la Silla Aluminum de Charles y Ray Eames en un hito de lo corporativo y la Aeron de Herman Miller en el paradigma de la productividad. Así hemos convertido la silla Barcelona de Mies en una imagen recurrente propia del Upper East Side más adinerado y elitista y los muebles de Jacobsen en una epifanía futurista propia del siglo 23 cuando tanto él como Joe Colombo o cualquiera de los maestros escandinavos habían reescrito la modernidad hace ya 50 años.

Esta suerte de vanidad patria que obliga a las productoras de series norteamericanas a incluir entre sus props o su atrezzo piezas encomiables firmadas por quienes quizá fueron quienes son gracias a la mercadotecnia feroz y al mecenazgo controlado, transmitiendo con ella imágenes, generando impresiones, asociando conceptos, será la que tenga que enfrentarse a un doble riesgo. En primer lugar el efecto de vulgarización que afecta a todo elemento sobreexpuesto y sobredifundido y, como efecto secundario, la obligada permanencia de estándares de diseño extraordinarios como base de todo escenario. Sin embargo todos sabemos que América nunca ha tenido problema alguno al perder un ídolo. Basta con enfocarlo adecuadamente, hacer del caído un mártir o de la pérdida un mal necesario y elegir al que será el próximo caballo ganador. Todos sabemos que al final lo que cuenta es tener muy claro que en el hogar de los valientes EL SHOW DEBE CONTINUAR.

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Mies, Gropius, Einstein y Oppenheimer. De como Europa perdió a sus potenciales ídolos (que quizá no lo hubiesen sido sin el marketing americano)

La imagen como ideal. “We the people…” y el nacimiento de una nación-fachada. (Las personas no precisan poseer. Necesitan saber que tienen la opción). Hollywood y la nación publicitada (clichés, estereotipos y paroxismo visual)

Teogonía. Un manual para crear dioses. Mies y los martinis (Mad men), Los Eames y el amor desafiante (Scandal), Warhol y Yoko Ono (House). Toma un creador con carisma, envuélvelo en la imagen que la gente demanda, ilumínalo heroicamente y espera los beneficios. 

Sillas. Una forma de arquitectura. Diseño accesible, icónico y potencial atrezzo. De cómo la silla Barcelona, la Aluminum, la lámpara Ptolomeo o la de Castiglioni y los diseños de los Eames se colaron en los contratos de las productoras de series americanas. (Claúsula de obligatoriedad de uso de productos e iconos propios de la cultura americana para fomentar la publicidad indirecta). Después de dos temporadas de Big Bang Theory has visto muchas veces la silla de Sheldon (Aeron de Miller)

Upper East Side. Prada/Marfa. Lifestyle. Idealización , metas y paradigmas. 

El diseño rompiendo barreras culturales a través de la imagen televisada. (No todo el mundo tiene un atlas de diseño pero todo el mundo ve la televisión)

 

 

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