Suelo preparar un vaso de zumo cada mañana para ella. No cuento siempre con las naranjas de una misma medida y tiendo a cortarlas todas antes de exprimirlas, haciendo una estimación, en base al tamaño, del número de piezas que necesitaré para llenar un vaso.

Suelo pasarme y me veo obligado a dejar el vaso junto al exprimidor en cuyo depósito queda la cantidad que ya no cabe en el mismo. 

Hoy no. Hoy me he detenido justo antes de cortar la cuarta naranja. He pensado. He cortado tres y, tras exprimirlas, me he dado cuenta de que la cantidad de zumo era justo la precisa; generosa, pero sin alcanzar el borde en esa opulenta ostentación del exceso.

 

¿Qué sucedería si planteásemos los proyectos de arquitectura y urbanismo así? Pensando. Midiendo… Puede que la optimización de recursos mediante la reflexión llevase a un ahorro, en primer término, a la satisfacción del usuario consumidor de ciudad, en segundo lugar y , por último, a una elegancia tan supuestamente accesoria como placentera.

<<Cuanto más, mejor>> No puede aplicarse siempre. Corremos el riesgo de morder más de lo que podemos masticar.

Teniendo en cuenta que la ausencia es uno de los principales aliados de la arquitectura, podemos, sin temor a equivocarnos, reservar esa cuarta naranja por si, mañana, alguien más quiere zumo.